Cómo hacer que tu casa sea más segura sin hacer grandes reformas
Una casa segura no es una casa llena de ayudas técnicas o productos de apoyo. Es una casa pensada para que puedas vivir en ella con menos riesgos y más facilidad.
Cuando hablamos de adaptar una vivienda, muchas veces pensamos que necesitamos hacer grandes reformas. Cambiar una bañera por una ducha, instalar barras de apoyo o modificar una puerta son medidas que, en determinados momentos, pueden ser necesarias. Pero antes de llegar ahí, hay muchas cosas que podemos hacer en nuestra casa para mejorar su seguridad sin necesidad de meternos en obras.
La seguridad de una vivienda está también en los pequeños detalles: en cómo distribuimos los objetos, en la iluminación, en aquello que dejamos en las zonas de paso o en si podemos alcanzar algo sin tener que subirnos a una silla.
Por eso, cuando reviso un hogar, no me gusta preguntarme solamente si “la casa es segura”. Me interesa conocer quién vive en ella, cómo se mueve, qué actividades realiza cada día y qué dificultades encuentra. Porque una vivienda que funciona perfectamente para una persona puede convertirse en un entorno lleno de obstáculos para otra.
El objetivo no es que la persona tenga que adaptarse a su casa. Es que el entorno facilite su vida.
Empieza por el suelo: que tu casa no te ponga obstáculos
El suelo es probablemente uno de los primeros lugares que deberíamos revisar cuando queremos mejorar la seguridad de una vivienda.
Hay obstáculos con los que convivimos durante tantos años que dejamos de percibirlos. Una alfombra que se mueve, un cable que cruza un pasillo, un pequeño desnivel entre dos habitaciones o una bolsa que hemos dejado en el suelo durante un momento pueden parecernos insignificantes. Sin embargo, todos ellos pueden convertirse en un riesgo cuando caminamos con menos estabilidad, tenemos alguna dificultad visual o simplemente estamos cansados o tenemos prisa.
Las alfombras merecen una atención especial. Desde el punto de vista de la seguridad, lo más recomendable es eliminarlas, especialmente cuando son pequeñas, se desplazan fácilmente, tienen los bordes levantados o pueden formar arrugas.
Además, hay otro motivo para prescindir de ellas que tiene que ver con el propio mantenimiento de la casa. Una alfombra no solo ocupa espacio: también hay que moverla, aspirarla, limpiarla y recolocarla. En una vivienda donde queremos simplificar las tareas, eliminar elementos innecesarios puede reducir también la carga de trabajo.
Ahora bien, si una alfombra forma parte de nuestro hogar y no queremos renunciar a ella, podemos buscar una alternativa más segura. Debe quedar perfectamente fijada al suelo, sin bordes levantados y sin posibilidad de desplazarse cuando caminamos sobre ella.
También debemos revisar los cables. Evita que atraviesen las zonas habituales de paso y busca soluciones para recogerlos y llevarlos por lugares donde no puedan provocar tropiezos.
Lo mismo ocurre con los objetos que dejamos en pasillos y escaleras. Es muy habitual utilizar estos espacios como lugares provisionales: “lo dejo aquí y luego lo subo”, “lo aparto un momento”, “mañana lo guardo”. El problema es que ese “momento” puede convertirse en varios días y terminamos incorporándolo a nuestro recorrido cotidiano.
Las escaleras, especialmente, no deberían utilizarse como lugar de almacenamiento.
Otro aspecto que merece nuestra atención son los pequeños desniveles. Con los años podemos acostumbrarnos tanto a una diferencia de altura entre dos estancias que prácticamente dejamos de verla. Si es posible, lo adecuado es eliminarla. Cuando no podemos hacerlo, podemos señalizarla para que se perciba mejor, utilizando una cinta que contraste con el suelo y que, cuando sea apropiado, aporte también una diferencia de textura.
Y hay otro elemento que solemos olvidar cuando hablamos de seguridad en casa: el calzado.
Es uno de esos cambios que cuesta introducir porque estamos acostumbrados a utilizar las mismas zapatillas durante muchos años. Sin embargo, el calzado que utilizamos dentro de casa debería sujetar bien el pie, ser flexible y permitirnos caminar con estabilidad.
Por eso es preferible utilizar un calzado cerrado, cómodo y de fácil limpieza, evitando las zapatillas tipo “chancla” que pueden salir del pie con facilidad y ofrecer menos sujeción.
No se trata de cambiar nuestros hábitos de un día para otro, sino de preguntarnos si aquello que hacemos por costumbre sigue siendo lo más adecuado para nuestras necesidades actuales.
Ilumina aquello que utilizas, no solo la habitación
La iluminación es uno de los elementos fundamentales cuando queremos mejorar la seguridad de una vivienda y facilitar la independencia de quien vive en ella.
Y cuando hablamos de iluminación no deberíamos pensar únicamente en si una habitación tiene una lámpara. Tenemos que preguntarnos si podemos ver bien aquello que hacemos y el recorrido que necesitamos realizar.
Una casa puede estar perfectamente iluminada durante el día y, sin embargo, convertirse en un entorno mucho más inseguro cuando anochece.
Los interruptores deberían estar situados en un lugar fácil de localizar y utilizar, aproximadamente entre 90 y 120 centímetros del suelo. También es importante que podamos encontrarlos con facilidad al entrar y salir de una estancia, sin tener que buscarlos a tientas.
Cuando una persona tiene baja visión, podemos facilitar todavía más su localización utilizando un color que contraste con la pared o elementos luminosos que permitan identificar dónde está el interruptor.
Los pasillos y las escaleras son otras zonas que muchas veces no reciben la atención suficiente. Durante el día podemos recorrerlas sin ningún problema, pero por la noche es habitual no querer encender las luces para un trayecto que va a durar unos segundos.
Aquí los sensores de movimiento pueden convertirse en un recurso muy sencillo. Las luces se encienden cuando las necesitamos y se apagan después, permitiéndonos recorrer estos espacios sin tener que buscar un interruptor a oscuras.
Y hay un momento al que debemos prestar especial atención: cuando nos levantamos de la cama por la noche.
No deberíamos subestimar lo que significa levantarnos de repente en mitad del sueño. Nuestro cuerpo necesita unos segundos para ponerse en marcha, nos incorporamos, empezamos a caminar y nuestros ojos necesitan adaptarse a la oscuridad. Si además no vemos correctamente el recorrido, aumenta la posibilidad de tropezar, perder el equilibrio o golpearnos con algún mueble u objeto.
A veces evitamos encender la luz para no despertar a la persona que duerme a nuestro lado y nos levantamos prácticamente a oscuras.
Pero ese pequeño gesto de “no molestar” puede convertir un recorrido cotidiano en una situación de riesgo.
Por eso, no ahorres en luz precisamente en este momento. Una luz tenue, bien colocada y que ilumine el camino desde la cama hasta el baño puede ayudarnos a movernos con mayor seguridad sin necesidad de encender toda la habitación.
Las luces de orientación o los sensores de movimiento son especialmente útiles porque nos permiten disponer de iluminación justo cuando la necesitamos, sin tener que buscar el interruptor a oscuras.
La idea no es tener más luces por toda la casa, sino tener luz donde y cuando realmente la necesitamos.
El baño: pequeño espacio, muchos riesgos
El baño es una de las estancias de la casa a la que debemos prestar especial atención. En pocos metros se concentran agua, superficies que pueden mojarse, cambios de postura, movimientos de flexión y, en ocasiones, la necesidad de mantener el equilibrio mientras entramos o salimos de la ducha.
Por eso merece la pena observarlo con calma y preguntarnos: ¿puedo hacer aquí todo lo que necesito hacer sin asumir riesgos innecesarios?
Empecemos por el suelo. Mantenerlo seco es una de las medidas más sencillas para evitar resbalones. Especialmente debemos prestar atención a la zona próxima a la ducha o bañera y al lavabo.
Si utilizamos una alfombrilla, debemos elegir una que realmente quede fijada al suelo y no se desplace al pisarla. También es interesante que sea de un material que se seque rápidamente, ya que una alfombrilla permanentemente húmeda tampoco resulta una buena solución.
La organización también tiene mucho que decir en este espacio.
Los productos que utilizamos habitualmente deberían estar a una altura que podamos alcanzar cómodamente, evitando que tengamos que estirarnos demasiado, agacharnos continuamente o subirnos a un taburete. Como referencia general, podemos situar los objetos de uso habitual aproximadamente entre los 40 y los 140 centímetros del suelo, adaptándolo siempre a las características y capacidades de la persona.
Además, agrupar los productos por función o categoría hace que resulte mucho más fácil encontrarlos. Cuando sabemos dónde está cada cosa, necesitamos realizar menos movimientos y evitamos estar buscando mientras estamos de pie, inclinados o en una posición incómoda.
Y, por supuesto, evita utilizar taburetes o sillas para alcanzar aquello que utilizas habitualmente. Si necesitamos subirnos a algo para coger un objeto, probablemente ese objeto no está colocado en el lugar adecuado.
Los asideros también pueden ser muy útiles cuando existe una necesidad concreta de apoyo. Pero no se trata de colocar barras de cualquier manera o simplemente porque pensamos que “a cierta edad hay que tenerlas”.
Deben estar correctamente ubicados y fijados a una superficie capaz de soportar la carga. Por ejemplo, si tenemos una pared de pladur, será necesario comprobar que dispone del refuerzo adecuado o utilizar un sistema específicamente diseñado para ese tipo de instalación.
También debemos tener en cuenta que existen diferentes modelos de apoyo y que la elección dependerá de la actividad que queramos facilitar y de cómo se mueve la persona. En determinados casos puede ser necesario un asidero abatible que permita realizar una transferencia lateral con mayor facilidad.
El producto de apoyo debe adaptarse a la persona y a la actividad, no al contrario.
Por último, volvemos a la iluminación. El baño debería estar bien iluminado durante el día y contar con una luz de orientación adecuada para la noche. De esta manera evitamos tener que entrar a oscuras o encender de repente una luz muy intensa cuando todavía estamos medio dormidos.
En definitiva, si para utilizar algo en tu baño tienes que estirarte, agacharte demasiado, mantener el equilibrio o subirte a una silla, merece la pena revisar su ubicación.
La cocina también puede cansar y provocar accidentes
La cocina es otro de los espacios donde una buena organización puede mejorar mucho nuestra seguridad y, al mismo tiempo, reducir el esfuerzo que hacemos cada día.
Una de las primeras cosas que podemos revisar es dónde están colocados los objetos que utilizamos con mayor frecuencia. Lo ideal es que se encuentren en una zona accesible, aproximadamente entre la altura de la cintura y los hombros, evitando tener que agacharnos constantemente o subirnos a un taburete para llegar a los armarios altos.
No tiene mucho sentido guardar aquello que utilizamos todos los días en el lugar más incómodo de la cocina.
También debemos mantener las zonas de paso despejadas, prestar atención a los cables de los pequeños electrodomésticos y evitar que sobresalgan hacia las zonas por las que caminamos.
Hay pequeños detalles que también cuentan: colocar los mangos de las sartenes hacia dentro para evitar golpes, guardar los cuchillos en un lugar seguro y mantener bien iluminada la zona de trabajo.
Pero, además de la seguridad física, una cocina bien organizada puede reducir esfuerzos y facilitar las tareas cotidianas.
Cuando los objetos están agrupados de una manera lógica y cada cosa tiene un lugar, encontramos lo que necesitamos con mayor facilidad y hacemos menos desplazamientos innecesarios.
Debemos marcar los botes con el nombre de lo que contienen y las fechas de caducidad, para evitar consumir productos en mal estado. También debe hacerse esto en todo los productos que congelemos.
El dormitorio: la seguridad empieza antes de levantarte
El dormitorio es otro espacio que merece una revisión especial porque es donde comienza nuestro día.
Antes incluso de poner un pie en el suelo deberíamos poder acceder fácilmente a una fuente de luz. El interruptor, una lámpara o una luz de orientación deberían estar al alcance desde la cama.
También conviene pensar en el recorrido que hacemos habitualmente hasta el baño. ¿Está despejado? ¿Hay algún mueble pequeño que pueda convertirse en un obstáculo? ¿Las zapatillas están colocadas de manera que podamos ponérnoslas con facilidad y sin tener que buscarlas?
Todos estos pequeños detalles adquieren mayor importancia cuando una persona tiene dificultades de movilidad, equilibrio o visión.
Los primeros pasos del día merecen tanta atención como los últimos.
Las escaleras: que cada peldaño se vea
Las escaleras requieren una atención especial porque un pequeño tropiezo puede tener consecuencias importantes.
Lo primero es asegurarnos de que están bien iluminadas, tanto de día como de noche. Si es necesario, podemos utilizar iluminación con sensores para evitar tener que recorrerlas a oscuras.
También es importante disponer de un pasamanos que nos permita apoyarnos durante el recorrido y mantener los peldaños completamente despejados.
Las escaleras no son un buen lugar para dejar objetos que tenemos que subir o bajar después. Tampoco deberíamos utilizarlas como zona de almacenamiento.
Cuando existe alguna dificultad visual, puede ser útil mejorar el contraste de los peldaños para facilitar su percepción.
Y si necesitamos transportar algo, debemos asegurarnos de que no nos impida ver dónde ponemos los pies ni utilizar el pasamanos.
En una escalera, ver dónde ponemos cada pie y poder agarrarnos cuando lo necesitamos son dos elementos fundamentales de seguridad.
Organizar también es una medida de seguridad
Y llegamos a un aspecto que para mí es fundamental: el orden también puede prevenir riesgos.
Cuando hablamos de ordenar una casa, muchas veces pensamos en estética: que todo esté bonito, que no haya cosas a la vista o que los armarios estén perfectamente organizados.
Pero el orden puede tener una función mucho más importante.
Una casa bien organizada permite que las zonas de paso estén despejadas, que los objetos que utilizamos habitualmente sean fáciles de alcanzar y que cada cosa tenga un lugar lógico.
Lo que utilizamos mucho debería estar accesible. Lo que utilizamos poco puede ocupar lugares menos cómodos. Y aquello que ya no utilizamos quizá debería dejar de ocupar espacio.
Porque una casa desorganizada no solo cuesta más de recoger. También exige más atención para moverse por ella.
Tenemos que apartar cosas, buscar objetos, agacharnos, sortear obstáculos o hacer recorridos innecesarios. Y todo ello aumenta el esfuerzo que hacemos para realizar actividades que deberían ser sencillas.
Por eso, ordenar no consiste únicamente en conseguir que una casa se vea mejor.
También consiste en conseguir que funcione mejor.
Mira tu casa con otros ojos
Hacer que una casa sea más segura no significa necesariamente cambiarla por completo.
A veces podemos empezar por algo tan sencillo como recorrerla despacio y observarla desde la perspectiva de la persona que vive en ella.
¿Hay algo que tenga que hacer con demasiado esfuerzo?
¿Hay algún objeto que esté demasiado alto o demasiado bajo?
¿Hay zonas en las que la iluminación resulta insuficiente?
¿Hay algo que pueda hacerme tropezar?
¿Tengo que subir a una silla para alcanzar algo que utilizo habitualmente?
¿Hay algún recorrido que hago con especial cuidado porque no me siento seguro?
Estas preguntas pueden ayudarnos a detectar pequeñas dificultades antes de que se conviertan en un problema mayor.
Porque adaptar una casa no consiste en llenarla de productos de apoyo ni en convertirla en un espacio que parezca diferente.
Consiste en observar cómo vivimos y conseguir que nuestro entorno nos lo ponga un poco más fácil.
Una casa segura no es la que nos obliga a tener más cuidado. Es la que está pensada para que necesitemos tener menos.
Test de seguridad: ¿tu casa te lo pone fácil?
Ahora que has recorrido algunos de los puntos que pueden influir en la seguridad de una vivienda, te propongo hacer una pequeña revisión de tu propia casa.
No necesitas herramientas ni conocimientos técnicos. Solo tienes que recorrerla con otros ojos y responder sí o no a estas preguntas.
El suelo y las zonas de paso
☐ ¿Las zonas por las que caminas habitualmente están despejadas?
☐ ¿Las alfombras están bien fijadas y no tienen bordes que puedan hacerte tropezar?
☐ ¿Los cables están fuera de las zonas de paso?
☐ ¿Las escaleras están libres de objetos?
☐ ¿Puedes distinguir fácilmente los pequeños desniveles que existen entre las diferentes estancias?
☐ ¿El calzado que utilizas en casa sujeta bien el pie?
La iluminación
☐ ¿Puedes encender la luz fácilmente al entrar en cada estancia?
☐ ¿Los interruptores son fáciles de localizar y utilizar?
☐ ¿Los pasillos y las escaleras están suficientemente iluminados?
☐ ¿Tienes alguna luz de orientación para levantarte por la noche?
☐ ¿Puedes llegar desde la cama hasta el baño sin caminar a oscuras?
El baño
☐ ¿El suelo permanece seco y no resbala fácilmente?
☐ ¿La alfombrilla, si la utilizas, permanece fija al suelo?
☐ ¿Los productos que utilizas habitualmente están a una altura que puedes alcanzar con facilidad?
☐ ¿Puedes coger todo lo que necesitas sin subirte a una silla o taburete?
☐ ¿Tienes algún apoyo donde realmente lo necesitas y está correctamente instalado?
☐ ¿El baño está suficientemente iluminado también durante la noche?
La cocina
☐ ¿Los objetos que utilizas con mayor frecuencia están a una altura cómoda?
☐ ¿Puedes alcanzar lo que necesitas sin subirte a un taburete?
☐ ¿Las zonas de paso están despejadas?
☐ ¿Los cables de los pequeños electrodomésticos están recogidos?
☐ ¿Los mangos de las sartenes y otros utensilios no sobresalen hacia las zonas de paso?
El dormitorio
☐ ¿Puedes encender una luz desde la cama?
☐ ¿Tienes despejado el recorrido desde la cama hasta el baño?
☐ ¿El calzado que utilizas para levantarte está colocado de forma accesible y segura?
☐ ¿Hay algún mueble u objeto que pueda convertirse en un obstáculo durante la noche?
Y una última pregunta
¿Hay algún lugar de tu casa en el que pienses habitualmente “aquí tengo que tener cuidado”?
Si has respondido sí a alguna de estas preguntas, no significa necesariamente que tu casa sea insegura. Significa que has encontrado un punto que merece la pena observar con más atención.
Ahora es un buen momento para mirar tu casa con otros ojos
No necesitas esperar a que ocurra una caída, a que una persona pierda movilidad o a que una actividad cotidiana empiece a resultar difícil para plantearte si tu casa está preparada para acompañarte.
A veces, los pequeños cambios que hacemos hoy pueden evitar dificultades mañana.
Y no todas las viviendas necesitan lo mismo. La seguridad no consiste en colocar los mismos productos en todas las casas, sino en observar cómo vive cada persona, qué necesita, qué le cuesta y qué puede mejorar en su entorno.
Si después de leer este artículo has empezado a mirar tu casa de otra manera y hay algún espacio que te preocupa, puedo ayudarte a analizarlo y encontrar soluciones adaptadas a ti, sin hacer cambios innecesarios.
Porque mi objetivo no es transformar tu casa.
Es conseguir que tu casa trabaje a favor de tu vida.
Si quieres revisar tu vivienda, detectar posibles riesgos o saber por dónde empezar, ponte en contacto conmigo y lo vemos juntas.